He empezado a confundir a cualquiera que vea en la calle con alguien conocido, en el momento en que se encuentra mi mirada con la de alguien dudo si brindar el saludo o no, generalmente en este instante de mi cara se escapa una mueca cualquiera queriendo evitar la descortesía de no responder un saludo.
En un principio creí que, con el tiempo, de tanto cruzarme con personas de todos los orígenes los rasgos de todos me parecerían semejantes de alguna forma, pero no es así. La sensación de similaridad se acentúa gracias a las, cada vez más comunes, caras planas e inexpresivas; se vuelven así por la edad. A una parte, la ingenuidad de su niñez les juega la mala pasada de hacerlos creer en un futuro transgrediendo una sociedad inamovible; el resto siempre ha soñado con una profesión que les asegure tener cómo pagar las cuotas de una tarjeta de crédito sin limite de cupo, era de esperarse que terminaran así.
Ahora que la experiencia me ha enseñado que mi generación no va a cambiar los roles, somos hijos de padres conformistas y crecimos siéndolo aun más que ellos, la prioridad se convierte en evitar que mi rostro se convierta en uno común para el resto. Avivar el salvajismo que me impulsa a amar y odiar en extremo.